TRENZANDO

El viejo y el mar

La primera vez que escuché hablar del libro El viejo y el mar fue en El café del Oriente, en la Habana, durante una deliciosa cena de la que todavía recuerdo los crepes suzettes que me obligaron a pedir con esa sutil insistencia del ser querido que te dice: “Pruébalos. Te van a gustar”; y que digerí en un largo paseo por el malecón sorteando vendedores ilegales de puros, jineteras, ancianos jugando al dómino, jóvenes discutiendo de peloteros en torno a una botella de ron barato y músicos callejeros tocando una rumba, un mambo, o un chachachá para ganarse unos convertibles. Sí, ese paseo gigante de cemento caliente que mira a Miami con esperanza y miedo, por las noches, parece una fiesta pobre.

No fue la única vez que, durante ese viaje, sonó el nombre de Hemingway. En cualquier fachada de los bellos edificios de la Habana Vieja, había una placa en su honor. Por no hablar del Hotel Ambos Mundos, donde escribió Por quién doblan las campanas, o de los bares que frecuentaba, El Floridita y La bodeguita, que son lugares de peregrinación obligada de cualquier turista-pack-todo-incluido procedente de Varadero. ¡Ernest estaba por todas partes! ¡Hasta llegué a pensar si el famoso escritor era un líder de la Revolución, como Camilo o el Ché, en un retoque de la historia efectuado por la propaganda castrista! Al fin y al cabo, estaba en una novela orwelliana.

En cierto sentido, todos reescribimos nuestro pasado. A mí, en concreto, me suceden tres cosas con él: me enternece, tiendo a idealizarlo y pienso que es un precedente de mi futuro. Por eso, unos meses después de mi regreso a España, mi nostalgia me dirigió a la Fnac para adquirir un disco de son cubano y, fundamentalmente, el libro El viejo y el Mar, en un intento de descifrar a quién me habló de él y buscar pistas reveladoras sobre mi devenir.

La historia es sencilla. Santiago, un hombre muy humilde y anciano, después de 84 días sin pescar, sale en su barca y captura con gran esfuerzo una enorme merlin que, en su regreso a la costa cubana, es devorado por los tiburones. De tal manera que el pescador llega a tierra con sólo la espina; y las manos llenas de cortes y sangre seca. Podría pensarse que se trata de un final triste. Pero no lo es porque Santiago es un héroe, un ser inquebrantable, que demuestra, en su lucha contra el mar, la sed y la soledad, lo que un hombre puede aguantar, cuando se empeña en ello y, sobre todo, cuando está en juego su nombre.

Samuel Johnson dijo que la profesión de soldado y la de marinero tienen la dignidad del peligro. La vida, en general, tiene la dignidad del peligro. Es una lucha voraz. No el estanque tranquilo que nos pintan las películas de Disney o los libros de Bucay. Y ¡ menos mal! Porque las condiciones adversas (ya no digamos las crisis) nos obligan a ser valientes, a ser mejores.

Y no hablo de la valentía que nos dan unas copas una noche en un bar que esa, nos conocemos, la tenemos todos.

5 comentarios el “El viejo y el mar

  1. Mdelabahia
    9 abril, 2013

    Touché

  2. Juanjo
    9 abril, 2013

    Lo bueno del peligro (donde se presente por sí mismo, no en Fiesta, o en Pamplona, corriendo retóricamente delante de un astado) es que por lo menos sabes en qué te la juegas. Porque la vida te la juegas en cada minuto, lo sepas o no lo sepas. Incluso plácidamente en los estanques de Bucay, que no tengo el gusto de conocer personalmente. Si tuviera que apostar por un estanque, preferiría el de Matsuo Bashō, donde saltó la rana: ¡plof! Donde esté un plof, que se quiten los merlines. Tiene la ventaja de que sólo hay que escucharlo, pero ¡qué peligro! Eso sí, menos novelesco. Y no interesa a las mujeres, como diría Mo Yan, el flamante premio Nobel chino. Habrá que pensárselo. Mientras quede carrete. Eso, o una botella de ron en el pobre cemento caliente de Cuba.

  3. I
    10 abril, 2013

  4. Álvaro Bermúdez Caballero
    10 abril, 2013

    Ser valientes o pegarse un tiro. Pero ya que te pegas un tiro, en el pecho, con algo de dignidad. Al estilo romántico.

  5. Carlos
    10 abril, 2013

    No es el momento de réplicas de luces cortas, no es el momento de aplicar visiones del siglo diecinueve al siglo veintiuno y tampoco es el momento de presentar excusas; creo firmemente que la mayor irresponsabilidad sería no decidir. Y punto.

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Esta entrada fue publicada el 9 abril, 2013 por en Sin categoría.
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